27 marzo 2006

Pistas sobre la pobreza en América Latina y en Honduras



La pobreza es raíz de mil males. Genera crimen y violencia, destruye el capital social: la autoestima y la creatividad de la gente, degrada el medio ambiente.

No es por supuesto un problema únicamente hondureño de modo que no estamos obligados a angustiarnos solos.

Hace unas horas me toco en suerte escuchar una conmovedora relación sobre la pobreza persistente en toda América Latina, la región más desigual del mundo, por parte de quizás una de las mayores autoridades sobre el tema, el Dr. Bernardo Kliksberg, postulado por esos esfuerzos al premio Príncipe de Asturias en la rama de ciencia social. Una relación en que se demuestra por un lado la trágica gravedad del problema y por otra parte, la esperanza.

El problema de Honduras es mas grave y es diferente que países de nuestra región como Chile o Argentina, en donde es más maleable o aun en Costa Rica, en donde también la pobreza parece congelada y ubicada en áreas rurales, fuera de la meseta central. Pero en niveles muy inferiores a los nuestros, de un 22%.

Aunque la mayoría de nuestros pobres están ubicados también en grandes bolsones de marginalidad en el Occidente extremo y en el Oriente extremo, así como en el Litoral Pacifico, el crecimiento de los cinturones de miseria alrededor de nuestras ciudades señala la dinámica del problema y la miseria aquí parece mas dura después de una década de esfuerzos inútiles para combatirla.

No es cierto que nuestros programas sociales pueden por si solos combatir la pobreza. Ese es un equivoco que propagan no sé con que grado de inocencia algunos políticos y técnicos internacionales. Necesitamos inversiones y condiciones para un desarrollo y crecimiento económico sostenido si vamos a ser eficaces en el largo plazo. Pero si es cierto que el crecimiento no es suficiente por si, tiene que tener calidad, distribuirse mejor e inspirarse en la integración de los pobres, incluirlos, potenciarlos.

Porque la economía solo es una dimensión del desarrollo. Y por otro lado tenemos que invertir para mejorar la calidad de nuestros programas sociales, sobre todo de salud y educación y ampliar nuestras redes de protección social con programas especiales de atención a los más pobres en las áreas marginales.

Porque a diferencia, por ejemplo, de la pobreza que se produjo en Chile en la era de Pinochet o incluso de lo que aconteció recién en Argentina bajo Menem, en donde la pobreza fue producto de una política represiva o de una acometida neoliberal salvaje, nuestra pobreza es estructural, antigua, responde a la falta de capacidad de la población. No es producto de circunstancias sino de políticas de largo alcance que han generado privilegio y marginalidad, desde hace siglos.
Y algunos de nuestros miserables están en estado de inanición.

Tenemos conocimientos nuevos y nuevas pistas sobre la pobreza. Sabemos que para reducirla eficazmente tenemos que disminuir la desigualdad. Eso supone reformas fiscales profundas al mismo tiempo que una política de incrementos programados para mejorar los ingresos de los pobres: precios de garantías para los productos campesinos e incrementos del salario mínimo.

Y supone también reformas institucionales profundas. Tenemos que resolver el problema de la cobertura de secundaria. La Universidad debe de garantizar el acceso preferencial de los marginados. Pero no tiene por que ser gratuita para todos. Si queremos garantizar los recursos para el desarrollo académico (y no puede haber desarrollo socioeconómico sin desarrollo académico) tenemos que asegurar que también el gasto en educación superior sea pro pobre. Aquellos estudiantes que pueden pagar una colegiatura universitaria deberían pagar. Y del fondo constituido con ese recurso se deberían de dar becas a los estudiantes que no solo no pueden pagar si no que además necesitan algún apoyo económico para concentrarse en sus carreras y sacarlas adelante. La reforma debe ser a favor del pobre, no del fisco ni de la lógica mercantil.

El Estado dice Kliksberg “tiene que dar la cara”; tiene que asumir sus responsabilidades esenciales de documentar a la población (no debe haber niño sin identidad) para asegurar sus servicios básicos. La gente tiene que creer en él. Y el que puede, tiene ayudar; el sabio experto hace un candoroso llamado al voluntariado. Honduras tiene hoy con los fondos de condonación una oportunidad especial para combatir la pobreza y un desafío.

Hay muchas ocurrencias, ideas asistencialistas y de dudoso efecto. Pero hay también unas cuantas cosas que funcionan bien. Los sistemas de seguridad social se tienen que mejorar y profundizar. Las transferencias condicionadas -al uso del sistema de salud y a la asistencia escolar- funcionan y el Praf debe coordinarlas mejor. Los micro créditos y los créditos para la micro y pequeña empresa no solo generan empleo, distribuyen mejor los beneficios de la actividad económica. Y hay gente allá afuera que tiene experiencia y ese campo en el FHIS y Adolfo Facusse.

Se puede y debe construir infraestructura social (caminos, escuelas, clínicas y sistemas de agua, por ejemplo) con mano de obra local. Y se tiene que empoderar a la población de la administración y mantenimiento de esa infraestructura, con ayuda de los gobiernos locales y de las organizaciones comunitarias.

No se puede efectivamente combatir la pobreza sin el concurso de los pobres y del entorno, temiéndoles o criminalizando su condición. Y no se puede redimir a los pobres solo desde el Estado. Varios estudios demuestran que Honduras es uno de los países menos solidarios de la región. Es una tarea política mayúscula la de concitar un compromiso amplio a su favor y la de poner a los pobres de nuestro lado en la batalla, como beligerantes contra la pobreza, inspirarles la idea de que ha llegado la hora, la confianza en el compromiso del gobierno. Al final del día, la desigualdad y la pobreza son primordialmente, en su origen y en su solución también, problemas políticos. Solo se solucionaran cuando el gobierno que los combata obtenga un respaldo masivo. Y para ese fin tiene que concurrir la participación de los pobres en un sistema político abierto, no como desesperados ni como carne de cañón ni como clientela de corruptos, si no como ciudadanos lucidos, determinados a cambiar su “suerte”.

Al final también tenemos que incorporar nuevos conocimientos a la medición de la pobreza para enfocar mejor y más eficientemente las raíces. Hay indicadores casi infalibles como la mortalidad infantil y materna sobre los cuales podemos construir políticas sociales eficaces integrales. Quizás la economía no pueda alcanzarlo a base de simples normativas, pero la sociedad tiene que ser moral y tiene que asegurar los derechos básicos (políticos y sociales) y la dignidad de la gente y si no lo consigue, no tiene derecho a la estabilidad, la paz y la tranquilidad de nadie.

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