25 octubre 2005

La "clase política" y la ruptura del pacto social

Creo que el artículo adjunto es esclarecedor sobre el alarmante momento que se está viviendo actualmente a nivel mundial y que indefectiblemente nos afecta a todos.
Aplicando la sabia frase: "Por sus hechos los conoceréis"; nuestros políticos, la mayoría de ellos desgraciadamente, están totalmente desconectados de la sociedad a la que dicen servir.
¡Que Dios nos ayude!
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Atravesando las grandes crisis del siglo XX, los trabajadores crecieron en número, en influencia y en participación en la renta mundial. Las graves crisis de principios de siglo y el ascenso político de la clase trabajadora, pusieron fin a una primera oleada liberal.
Hace sesenta años también se produjo la derrota del nazismo. Abriéndose desde ahí y en adelante un espacio para grandes equilibrios geopolíticos.
En ese espacio, los trabajadores lograron sostener y extender el reconocimiento de derechos civiles y laborales, y hasta pudieron proponer cambios en los regímenes de producción y el sostenimiento de vastos sectores socializados que apoyaron políticas de bienestar, socializaciones y nacionalizaciones.
En el eje social del siglo veinte llegó a constituirse un amplio pacto entre el capital y el trabajo, que permitía desarrollar una política económica en donde se admitían los rebalses. El propio keynesianismo, que permitió superar diversas situaciones críticas, partía de esa presunción, al poner el acento en el estímulo a la demanda, en el fortalecimiento del consumo de masas.
Bajo el pacto se extendieron los servicios sociales, y hasta en América Latina vimos aparecer la educación obligatoria y gratuita y amplios sistemas de seguridad social que pretendían poner un límite a los abusos de la patronal. En el clímax, surgieron visiones de salida del subdesarrollo, sobre la línea creada por nacionalizaciones, que se hacían posibles sobre amplias movilizaciones populares.
El pacto se quebró tras la crisis mundial de los años 80 y la fundación de la dogmática neoliberal que dio alas al nuevo impulso corporativo de finales de siglo. Entonces reamanece de nuevo el capitalismo salvaje que ve todas las condiciones del pacto como obstáculos, como barreras "del pasado" que deben ser derribadas. Sobre todo la barrera social representada por modelos de desarrollo alternativos, tendencias legales protectoras de la fuerza de trabajo, y la propia búsqueda de independencia del estado social.
El mundo del trabajo de pronto se vio contrabalanceado por el aparecimiento de un nuevo empleador demasiado poderoso, la corporación trasnacional, y por la retirada del Estado, sobre todo en las zonas coloniales, en donde éste abandona las veleidades desarrollistas y se pone como aliado de la expansión corporativa.
Mundialmente el crecimiento ya no es desarrollo, sólo crecimiento de acumulación muy concentrada. Para el trabajador quedó el empobrecimiento.
Todo esto implicó un completo remodelaje del sistema clasista. Al poco, aparecen una burguesía, una burocracia y una "clase política" completamente transnacionalizadas. Su proyecto va a ser en adelante el fortalecimiento de la nueva fase de expansión capitalista.
A esto sigue una profunda descomposición de la pequeña burguesía y del propio proletariado, que son arrancados de sus expectativas habituales y son sumergidos en una masificación donde sus expectativas vienen a ser dirigidas por el aparato corporativo a través del mercado (control del trabajo y del consumo) la media y los mecanismos culturales y políticos emergentes. Durante un par de decenios este proceso se intensifica, y entre sus manifestaciones está la confiada instalación de sistemas políticos fundados en la mercadotecnia y el vaciamiento ideológico que se vende como "democracia". En el seno de este sistema, la solución de las diferencias queda entregada a la "clase política" que disfruta por un tiempo de un voto de confianza entregado por una generación que todavía tenía las obsesiones del pacto olvidado: representatividad, pluralismo, vía pacífica, capacidad de negociación frente al poder económico, estructuras de bienestar, responsabilidad frente a las bases sociales. Es decir, la "clase política" era una posibilidad en tanto obedeciera, al menos en la esperanza, a ese anterior "contrato social", ese que permitió un cierto progreso en las demandas del pueblo y un cierto equilibrio al sector pudiente.
Pero esta nueva clase política se desbalancea en la carrera enloquecida de oportunidades, y pronto viene a ser la mezcla compactada de viejos represores y antiguos "reformistas" en busca de fortuna. Ya en el giro del mileno, las demandas del capital, vino a crear un orden nuevo, donde la condición de pertenencia a "la clase política" vino a ser el de una subalternidad frente al sistema corporativo. Y para ellos llegó a ser un mandamiento "transnacionalizarse o perecer". Un monotema que se transformo en el corazón de proyectos personales y políticos de los integrantes de la mencionada "clase".
Su conciencia de clase, en estos casos, vino a ser el éxito, la participación en la ganancia corporativa, el reconocimiento de la cumbre del dominio, un lugar en el reality show y en las generosidades de la corrupción.
Los de más abajo pasan en este esquema a ser NADA.
Así, los "miembros de la clase política ", "elite política" o como se les llame, vinieron a encontrar que precisamente su "poder" era un poder delegado, o compartido, donde la soberanía no residía en el pueblo sino en la corporación o red corporativa a la que habían entrado a servir, o a su redundancia, el estado global o imperial en formación.
Si eran Presidentes, Alcaldes, Gobernadores o Diputados, no representaban ya para nada a cuerpos de electores, ni menos la voluntad de esos electores. Una vez "elegidos" (y para eso se había precisado de mucha mercadotecnia, ingenio importado, conexiones valiosas y dinero), su posición entraba a funcionar en un organigrama que sostenía su dependencia desde puntos de inspiración extraelectorales.
También se rompió la estafeta pluralista. Una competencia entre gentes que se identificaban con proyectos e ideologías de enjundia social reconocible. No había pluralidad desde que todos los "miembros de la clase política" adoptaron el pensamiento único. ¿Puede haber hoy alguien más escrupulosamente neoliberal que el "laborista" Tony Blair? ¿Acaso los socialistas franceses no votaron junto a Chirac por la constitución neoliberal europea? La Concertación "socialista" que gobierna a Chile, lo hace con la Constitución de Pinochet, en completo acuerdo con las corporaciones que explotan al país. El Partido "de los Trabajadores" de Lula es el instrumento feliz de la expansión corporativa en Brasil, y el que ordena su completa apertura, mientras sus líderes construyen su futuro en las rampas de la corrupción. ¿Pluralismo, diferencia frente a las posturas de Cardoso? Sólo identidad.
Hace pocos días México conoció un documento que llegaba de la selva lacandona, un balcón desde donde se apreciaba la identidad entre el PRI, el PAN y el PRD, identidad que no dejaba lugar a la concurrencia popular. De este modo, un gobierno de Bachelet, en Chile, no se ve muy diferente a un gobierno de Piñera, y un gobierno de "AMLO" en México, muy similar al de cualquier otro partidario del "liberalismo social". Quizás todavía pudiera estarse ofreciendo la opción entre un derechismo extremo y confesional y un derechismo moderado y laico. Con lo que de pronto, la ostia podría llegar a ser relevante.
La clase política ha usufructuado con gran oportunismo de las ideologías y políticas reformistas del pasado. Desde luego, vienen a constituirse como los personajes del castillo kafkiano, en este caso el Estado, que fetichizan, al que se pegan, al que dicen defender, arañando su presupuesto. Los miembros de la clase política—que a veces se diferencian de la burocracia—construyen a la sombra del estado, y con los recursos públicos, la extensión de su poder. Y a ratos parecieran estarlo resguardando.
En períodos "democráticos" han conseguido financiar sus campañas, y hasta han parecido dedicados a "la reforma del estado", a fin de perpetuarse en sus nichos. En muchos países la clase política ha logrado ajustar un sistema de reelección que los convierte en vetustos senadores romanos.
Pero para aplacar las presiones de abajo, toman también los predicados de los tiempos de Brechnev, (al que muchos de entre ellos rindieron culto en su tiempo), y reinstalan un altar a "la vía pacífica", enderezada en contra de toda movilización popular que llegara a amenazar su eternidad. Se vio eso claramente en Bolivia y en Argentina. Y en Chile eso es pan nuestro de cada día.
Obviamente esta facción de la clase dirigente, que se ha especializado en la maniobra y el mando, no constituye una barrera frente al otro poder rondante: el gran capital. La clase política hace tiempo que ha pactado con los grandes negocios, y sus miembros hasta se asocian con ellos de muchas maneras: participando en Directorios, aceptando dádivas y subvenciones, concertando estrategias comunes, compartiendo su dogmática: el parlamentario de la clase política razona liberalmente.
Ser neoliberal es ser "pragmático". Y el capital va con ellos, porque son un resorte indispensable en la protección de sus inversiones. El nuevo modelo colonial –que no precisa de virreyes ni de legiones extranjeras—un modelo muy barato, utiliza a las elites locales. Se acepta al centrista y al socialista moderado si, y sólo si, éste apoya las privatizaciones, las concesiones, el saqueo del país. Esta capa no tiene pues capacidad de negociación –o de oposición—frente al poder económico. ¿Cómo podría entonces, en el despliegue de su política, ofrecer un apoyo al desarrollo de un establecimiento de bienestar? Eso no está en la agenda corporativa, y por eso no está en la agenda de "la clase política". Ellos sólo pueden hacer valer "la mano invisible del mercado", ésa que extrae la energía y el valor de la gente, y cierra su puño para aplastarlos.
Quizás por eso, hoy "la clase política", que es tan idéntica y unánime en su discurso, y en eso de solapar las aventuras del capital, no tiene proyecto que ofrecerle al pueblo. Por eso ha llegado a ser irresponsable. La clase política ha tenido ya muchas oportunidades para darse cuenta que comienza a fracturársele el piso. Comienza a abrirse una falla geológica—podría decirse—entre ellos y el pueblo. Por eso, el inefable Blair, que quizás en esto hace de portavoz de otros más advertidos, anda tronando con que "debemos preocuparnos de la cuestión social", "debemos atender las demandas del pueblo".
Bueno, eso en Europa. En América Latina, los candidatos de la clase política miran primero las encuestas, y si en ellas ven que debe castigarse a los asaltantes y pedófilos, ellos braman "en nuestro gobierno, aplicaremos mano dura contra los asaltantes y los pedófilos". Pero es que en Bolivia, el pueblo está pidiendo mano dura contra las empresas de hidrocarburos. Y en eso, la clase política no lo acompaña.
En Europa recientemente se dio el caso de que la Constitución fuera aprobada sólo cuando se la votó en los parlamentos. Cuando se la llevó a referendo popular, la Constitución recibió un rotundo No. Esto, en buen romance, significaba que los miembros de los parlamentos pensaban diferente y en contra de las bases sociales. Esto implica una verdadera crisis. Una crisis de representación. Las situaciones que van indicando la extensión de la falla, encuentran otras expresiones en países como Estados Unidos, en donde o vota sólo una pequeña parte de la población, o los comicios son falsificados. Claro que allí, el poder es enorme, y por eso logra equilibrarse, o mejor autopropulsarse hacia soluciones externas que poco a poco lo han ido llevando al disparate en que hoy se encuentra el mundo. Y aquí viene la cuestión: en países rajados por esta falla, como los de América Latina, el poder de la clase política, poder delegado, manejado desde fuera, poder de colonizadores, depende demasiado del estado del delirio imperial. Y la escalada de esas presiones pudiera conducir a la completa revelación de su rol mentiroso, como se ha visto –insistimos en el interesante experimento-- en el caso boliviano. Llevándolos a perder el resto del ascendiente que todavía pudieran conservar.
Como están las cosas, se puede presagiar que la falla se continuará extendiendo, que el abismo que ya separa a las direcciones falaces de otros tiempos, ya nada lo podrá llenar. Pudiera ser que en algunas partes ya se están claveteando las carretas a donde subirán los pueblos alguna vez a esas "clases políticas" y "elites políticas" para llevárselas, seguramente con toda certidumbre y decisión, hacia alguna parte.
Federico García Morales