16 mayo 2008

Los entramados del conflicto

Viernes 16 Mayo 2008

Juan Ramón Martínez
Nunca antes ha habido mayores dudas e inquietudes sobre el por qué de la crisis que experimenta el sistema político. Y tampoco nunca antes tampoco se había cuestionado la forma de hacer política como esta ocurriendo actualmente. Cuando los partidos políticos controlaban todo, bastaba que se reunieran en una casa de seguridad –donde Corrales en Ciudad Nueva, Picho Goldstein en Las Lomas o en la de Callejas en El Hatillo– para decidir el curso de acción. Se distribuían los cargos públicos, determinaban la agenda legislativa; e incluso, tiraban línea para orientar la actitud de los jueces y magistrados ante los delitos que involucraban a la clase política y económica del primer nivel. El resto de la población, acataba lo acordado como si fuera su voluntad. Como todo caminaba sobre ruedas, muchos inocentes -especialmente entre los participantes en estas operaciones de la política vernácula– creyeron que esta era la democracia más perfecta a la que podíamos aspirar los hondureños.

Pero lentamente, en el socavón de la conciencia colectiva, empezó a cuestionarse este estilo de hacer las cosas que, si bien nos permitía vivir sin mayores sobresaltos, no creaba en función de resultados, satisfacciones para las mayorías porque los beneficios cada día se concentraban en un grupo cada vez más poderoso. Pero peligrosamente más minoritario. Este grupo fue concentrando tal poder económico, que la política se hizo un simple medio para asegurar sus negocios. En tanto que, la crisis golpeaba a la mayoría de la población, crecieron y crecieron hasta controlar totalmente las áreas de las telecomunicaciones, la energía y los medios de comunicación social. Y su voracidad no pareció tener límite alguno.

Coincidencialmente, los partidos políticos, convertidos en propiedad privada, fueron sustituidos como órganos finales de la forja de consensos en el interior de la vida nacional. Se convirtieron en mecanismos electorales, nada más. Lo que provocó un aumento de la desconfianza de la población en los políticos y en la política misma. Se confundió entonces lo que era la búsqueda del poder con el ejercicio de la política, entendida como el espacio público en donde todos los intereses nacionales convergen para establecer los acuerdos necesarios para la operación del sistema. Y el Congreso Nacional, que normalmente es la última estructura que cae en las crisis, se precipitó en la suya, porque los diputados perdieron la cabeza. Y en vez de resaltar su compromiso con los electores, más bien desde el menosprecio y la supuesta manipulación de estos, terminaron convertidos en instrumentos de los propietarios de los partidos o del principal grupo de poder del país. Así, dejaron de ser representantes del pueblo, para convertirse en propiedad de Pepe Lobo, Callejas, Flores, Zelaya, Corrales, Rosenthal y Pineda Ponce. Todos supimos que Micheletti por ejemplo, era hasta hace poco, hombre a las órdenes del ex presidente Flores y que el diputado José Angel Saavedra, era a su vez, fiel a Rosenthal hasta la muerte.

Pero como todo, la fiesta se acabó. Esta forma de hacer política, parece que está en su fase agónica. Por ello la sociedad se ha rebelado, por segunda vez en estos dos años. Y como la clase política no ha tenido la flexibilidad suficiente para anticiparse, la crisis ha explotado. Después que el pueblo rechazara el otorgamiento de los mil millones para el sostenimiento de los partidos políticos, muchos analistas creímos que se harían las correcciones pertinentes. Y que la soberanía sería devuelta a los partidos y a los ciudadanos. Pero no ocurrió así. Siguieron como que no había ocurrido nada. Pactaron la elección del Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, la titularidad de la Fiscalía General de la República y la integración de la Corte Suprema de Justicia, en una simple distribución que no tomó en cuenta los intereses de la colectividad. Y mucho menos la exigencia de transparencia que, poco a poco, se ha convertido en un grito que hiere los oídos; pero que los políticos no escuchan.

La sociedad dejó pasar la reelección casi unánime del Comisionado Nacional de los Derechos Humanos. No se consideró tan importante como para disparar los disgustos de las fuerzas sociales y políticas más incómodas con este estilo del ejercicio del poder. Pero cuando empezó a rumorarse que el Fiscal sería reelegido o que pasaría a dirigir la Corte Suprema de Justicia, la controlada impaciencia de los líderes opuestos a los grupos oligárquicos dominantes, se desbordó totalmente. Y buscaron la forma de invalidar los acuerdos que, Micheletti al pactar con Yani Rosenthal había alterado en forma inconsulta –terminarían comprometiendo el control de las decisiones en los próximos 7 años. Porque como sabemos, quien tiene control de estos órganos públicos, puede dormir tranquilo sin que nadie turbe ninguno de sus actos gubernamentales con demandas o querellas ante el sistema judicial. En la fisura que creó Micheletti, las fuerzas contrarias a la oligarquía que busca dirigir eternamente al país, se montó la segunda resistencia contra el sistema instaurado. Es en la crisis en que estamos. Y la razón por la que los Fiscales en ayuno, que no son tontos, no cejan en sus propósitos de eliminar un sistema de reparto público inconveniente.

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